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Dieta británica

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Después de varios siglos y muchas generaciones sacrificadas, parece que los ingleses, por fin, se han dado cuenta de que su cocina tiene un amplio margen para la mejora

 

Les ha costado admitirlo, pero parece que ya están entrando en razón. El abanderado de este nuevo estado de ánimo nacional no es otro que Jamie Oliver, una especie de Arguiñano a la british, que, con todo su poder mediático, ha emprendido una cruzada para que los niños en las escuelas dejen de comer lo que él denomina «porquería». Parece asumir que ya los mayores son causa perdida y, por ello, se ha centrado en los últimos tiempos en idear una especie de «menú nacional sano y saludable», que ha sido impuesto en este inicio de curso en buena parte de los colegios públicos del país.

Como ya se habrán imaginado, no han tardado en salirle opositoras. Las dos más célebres son Julie Critchlow y Sam Walker, dos madres de Yorkshire, que todos los días, desde el inicio de curso, saltándose a la torera la normativa que impide a los niños comer otra cosa que no sea el menú de la escuela, acuden a la verja colegial que separa a sus hijos del mundo libre para llevarles, a la hora de la comida, patatas fritas, hamburguesas y bocadillos de bacon con mantequilla. Cuando fueron cazadas in fraganti por el director del colegio, lejos de batirse en retirada, se enzarzaron con él en una fuerte disputa, en la que le acusaron de dar de comer a sus hijos «basura baja en calorías», refiriéndose a las verduras que se han introducido, diariamente, en el plato de los estudiantes.
En la pelea no han tardado en entrar todos los pesos pesados de Rotherham, otrora bucólica y campestre localidad. El primero, naturalmente, el propietario de «Chubby's» (cuya traducción literal sería «Gordito»), la hamburguesería que provee a las madres rebeldes y en la que, hasta que se prohibió a los niños salir de los límites de la escuela a la hora de comer, éstos consumían con fruición todo tipo de delicatessen repletas de grasas y calorías. Para el señor Beaumont, es una afrenta que se ponga en cuestión la calidad de sus productos y no descarta emprender acciones legales contra quien está acabando con su forma de vida. No se sabe si se refería al director de la escuela o al ahora odiado Jamie Oliver.
El director de la escuela, míster Lambert, no sabe qué hacer, porque está convencido de que una buena dieta es fundamental para el rendimiento de sus estudiantes, pero no tiene poder para impedir que madres desesperadas rescaten a sus hijos de las garras del hambre. De momento, es consciente de que las iracundas progenitoras continuarán acudiendo todos los días a la ya famosa verja, con sus bolsas repletas de suculentas hamburguesas. Y es que hay cosas que, en esta vida, no toleran bien los cambios.